martes, 25 de marzo de 2014

El monólogo de Soledad

Estuve treinta años esperando una llamada hasta que al final la recibí. Tenía diecisiete años cuando mi madre me envió a trabajar a una casa de Sevilla. El dueño de la casa, desde que me conoció, quería hacer el amor conmigo. Me amenazaba con despedirme del trabajo si no le obedecía.
Me vi obligada una y otra vez, hasta que al final, de tanto ir el cántaro a la fuente, me quedé embarazada.
Mis pechos se abultaron y mi cintura comenzó a crecer. Informé al que era padre de mi hijo y me contestó que no quería problemas con su familia. Que si estaba embarazada que abortara y como me negué, me despidió sin preámbulo. Mi madre me acogió.
Pasado unos meses, me llevaron al hospital para dar a luz. Me hicieron la cesárea, pero mi niño nació sano y lindo. La primera noche lo acerqué a mi pecho y como no me subía la leche, lloraba y lloraba. Yo no podía incorporarme y en el silencio de la noche, vino una monja y se lo llevó, según me dijo, para averiguar qué le pasaba.
Tenía los ojos azules y el pelo rubio y escaso. Su piel de melocotón todavía la siento en mis labios. Al día siguiente vino una enfermera a comunicarme que el niño había muerto, que se le había parado el corazón. Yo no me lo creí. Sentía que mi niño estaba vivo, aquí, en mis entrañas lo sentía.
Me levanté como pude y grité por el pasillo llamando a la monja que se lo llevó. No estaba aquel día. Tenía el día libre, me dijeron. Libre de trabajar allí, pero no en otro lugar. Ella me lo quitó. No sé dónde se lo llevó. Mi hijo no tendría un padre, pero me tenía a mí. Lucharía por él hasta el final de mis días.
Después de varios días ingresada, me dieron el alta y me marché a mi casa. Todos los días volvía a preguntar. La monja no la volví a ver nunca más. No fue capaz de decirme dónde estaba mi niño, mi cielo, mi vida. Él era mi mundo, me faltaba el aire sin él. Ni siquiera me enseñaron su cadáver, me sentía vacía. Salía a la calle a diario y veía a otras madres con sus niños. Me acercaba para cerciorarme de que no era el mio.
Cuando surgió el tema de las denuncias, denuncié mi caso y al cabo de un tiempo recibí la llamada. Me dolió tanto, que no pude resistir de pie y tuve que sentarme para no dasfallecer. Una señora que me conocía de verme por la calle, me dijo que en la planta de arriba de su casa había una familia que maltrataba a su hijo porque le gustaban los hombres. Y que lo acusaban de ser un niño adoptado erróneamente. Aquella voz me decía las palabras textuales que oía desde hacía tiempo:
"Fuiste una mala elección, no supimos elegir el mejor, nos equivocamos. No mereces ser hijo de esta familia. Te puedes marchar cuanto antes mejor, eres una escoria"
Una escoria... mi hijo una escoria... Fui a la policía y se lo conté todo. Le dije que quería saber si era mi hijo aquel o no, porque si era mi hijo lo acogería en mi seno, le daría todos los besos y abrazos que le faltaron. Me daba igual que le gustaran los hombres o las mujeres. También son seres humanos que sufren como los demás; y ríen y se divierten. ¿O no son seres de este mundo?
Yo no quiero entristeceros más con mis historias y ahora tengo que decir que soy la madre más dichosa del mundo. Tengo a mi hijo cerca y puedo abrazarlo como nunca pude.
¡Gracias a que le gustaban los hombres! Pero mi hijo no es ninguna escoria.






s
Una vida tortuosa
desde mis quince años tuve
cuando te conocí
aquella tarde de octubre.

De tu sonrisa me enamoré
con un guiño de tus ojos
me llevaste contigo
por los caminos pedregosos.

En los anales de mi vida
traspié tras traspié
con tu vida tropecé
una y otra vez.

En la desnudez de mis noches
deseaba mi libertad
pero con tus halagos
me volvías a conquistar.

Una vida convulsa
llena de avatares
numerosos desengaños
me empujaron a abandonarte.