lunes, 4 de agosto de 2014

 
 
 
Señores de la guerra
 
 
Señores de la guerra
que por territorios lucháis
con misiles de largo alcance
y a familia separáis.
El cielo de humo de cubre
con las bombas y los torpedos
llenando la tierra de espinas,
heridas, lágimas y muertos.
 
Señores de la guerra
que vivís en casas de plata
rodeados de un jardín florido
cubierto por las murallas.
Hay niños en las aceras
con el corazón encogido
buscando a sus familias
para encontrar alivio.
 
Señores de la guerra
acabad con vuestras balas
en un mundo de desgracias
que ensombrecen sus almas.
Niños pequeños llorando
huyendo de su enemigo
sin padres ni abuelos,
solos,
en un campo de hastío.
 
Señores de la guerra
frenad los conflictos
que a las madres entristecen
enterrad a sus hijos.
Hablad y hablad mil veces,
las que sean necesarias
que los perros de la guerra
no acaben con sus esperanzas.


martes, 25 de marzo de 2014

El monólogo de Soledad

Estuve treinta años esperando una llamada hasta que al final la recibí. Tenía diecisiete años cuando mi madre me envió a trabajar a una casa de Sevilla. El dueño de la casa, desde que me conoció, quería hacer el amor conmigo. Me amenazaba con despedirme del trabajo si no le obedecía.
Me vi obligada una y otra vez, hasta que al final, de tanto ir el cántaro a la fuente, me quedé embarazada.
Mis pechos se abultaron y mi cintura comenzó a crecer. Informé al que era padre de mi hijo y me contestó que no quería problemas con su familia. Que si estaba embarazada que abortara y como me negué, me despidió sin preámbulo. Mi madre me acogió.
Pasado unos meses, me llevaron al hospital para dar a luz. Me hicieron la cesárea, pero mi niño nació sano y lindo. La primera noche lo acerqué a mi pecho y como no me subía la leche, lloraba y lloraba. Yo no podía incorporarme y en el silencio de la noche, vino una monja y se lo llevó, según me dijo, para averiguar qué le pasaba.
Tenía los ojos azules y el pelo rubio y escaso. Su piel de melocotón todavía la siento en mis labios. Al día siguiente vino una enfermera a comunicarme que el niño había muerto, que se le había parado el corazón. Yo no me lo creí. Sentía que mi niño estaba vivo, aquí, en mis entrañas lo sentía.
Me levanté como pude y grité por el pasillo llamando a la monja que se lo llevó. No estaba aquel día. Tenía el día libre, me dijeron. Libre de trabajar allí, pero no en otro lugar. Ella me lo quitó. No sé dónde se lo llevó. Mi hijo no tendría un padre, pero me tenía a mí. Lucharía por él hasta el final de mis días.
Después de varios días ingresada, me dieron el alta y me marché a mi casa. Todos los días volvía a preguntar. La monja no la volví a ver nunca más. No fue capaz de decirme dónde estaba mi niño, mi cielo, mi vida. Él era mi mundo, me faltaba el aire sin él. Ni siquiera me enseñaron su cadáver, me sentía vacía. Salía a la calle a diario y veía a otras madres con sus niños. Me acercaba para cerciorarme de que no era el mio.
Cuando surgió el tema de las denuncias, denuncié mi caso y al cabo de un tiempo recibí la llamada. Me dolió tanto, que no pude resistir de pie y tuve que sentarme para no dasfallecer. Una señora que me conocía de verme por la calle, me dijo que en la planta de arriba de su casa había una familia que maltrataba a su hijo porque le gustaban los hombres. Y que lo acusaban de ser un niño adoptado erróneamente. Aquella voz me decía las palabras textuales que oía desde hacía tiempo:
"Fuiste una mala elección, no supimos elegir el mejor, nos equivocamos. No mereces ser hijo de esta familia. Te puedes marchar cuanto antes mejor, eres una escoria"
Una escoria... mi hijo una escoria... Fui a la policía y se lo conté todo. Le dije que quería saber si era mi hijo aquel o no, porque si era mi hijo lo acogería en mi seno, le daría todos los besos y abrazos que le faltaron. Me daba igual que le gustaran los hombres o las mujeres. También son seres humanos que sufren como los demás; y ríen y se divierten. ¿O no son seres de este mundo?
Yo no quiero entristeceros más con mis historias y ahora tengo que decir que soy la madre más dichosa del mundo. Tengo a mi hijo cerca y puedo abrazarlo como nunca pude.
¡Gracias a que le gustaban los hombres! Pero mi hijo no es ninguna escoria.






s
Una vida tortuosa
desde mis quince años tuve
cuando te conocí
aquella tarde de octubre.

De tu sonrisa me enamoré
con un guiño de tus ojos
me llevaste contigo
por los caminos pedregosos.

En los anales de mi vida
traspié tras traspié
con tu vida tropecé
una y otra vez.

En la desnudez de mis noches
deseaba mi libertad
pero con tus halagos
me volvías a conquistar.

Una vida convulsa
llena de avatares
numerosos desengaños
me empujaron a abandonarte.

lunes, 10 de febrero de 2014

Mis hilos finos y dorados



Mis hilos finos y dorados
que en plata se han convertido
caen sobre mis hombros
ocultando un suelo colorido.

Siento que se leva el ancha de mi vida
que el viento me arrastra mar adentro
que mi pecho dolorido y cansado
se marchita en el camino del infierno.

Un grito de esperanza con amor
por este pecho mio que se muere
como arenas movedizas dejaré
a quellos hijos que me quieren.

Por favor, no quiero desesperarme
quiero seguir aquí, viviendo
saltar las tristes y duras barreras
que la vida me está exigiendo.

martes, 28 de enero de 2014

En una noche de invierno
a otros brazos me llevaron
por los pasillos oscuros
envuelto en un trapo blanco.
Desgarro en la garganta
gritos en el corazón
oí desde lejos un gemido quizás
era mi madre la que lloró.
Una monja corría
a entregarme con mesura
sin volver la vista atrás
para no perder la cordura.
En una cuna blanca
me mecían cada noche
en una cuna blanca
me crié sin reproches.
Hoy busco y no encuentro
a la madre que me parió
aquella que oí llorando
por los pasillos de Dios.